martes, 20 de diciembre de 2011

La vestimenta en las Reuniones Sacramentales




Hace años, siendo yo padre y obispo en la Iglesia, no podía entender qué razonamiento seguían los jovencitos que se vestían con colores llamativos y modas provocativas para demostrar su desafiante independencia de las reglas y tradiciones de la vestimenta modesta y conservadora. Al mismo tiempo observaba que, irónicamente, la rígida adhesión de aquellos jóvenes a sus estrafalarias reglas de vestir les exigían mucha más obediencia y conformidad a las presiones de sus compañeros que lo que la sociedad entera podría desear.
Cuando nos vestimos para llamar la atención del mundo, no estamos invitando al Espíritu a estar con nosotros y nos comportamos de forma diferente. Más aún, lo que llevemos puesto influirá en la conducta de los demás hacia nosotros.
Consideren el motivo por el que los misioneros se visten sobriamente con un traje con camisa blanca y corbata, y las misioneras con falda y blusa. ¿Cómo reaccionaría la gente ante un misionero medio despeinado, vestido con jeans, sandalias y una camiseta impresa con algún mensaje indecente? Tal vez se preguntarían: “¿Es éste un representante de Dios?”. Con un misionero así, ¿por qué habría de querer alguien tener una conversación seria sobre el propósito de la vida o la restauración del Evangelio?


Naturalmente, no tenemos por qué vestirnos siempre como misioneros; en realidad, hay veces en que es apropiado llevar ropa informal y modesta. Lo importante es esto: La forma en que nos vestimos influye en el modo en que la gente nos trate. Además, también manifiesta en dónde quieren estar realmente nuestro corazón y nuestro espíritu.

Lo que sentimos en nuestro interior se refleja en nuestro exterior. Por nuestra actitud, manera de hablar y vestimenta, demostramos amor y respeto hacia nosotros mismos y hacia los demás. Al expresarnos, vestirnos y comportarnos de un modo que no atraiga sobre nosotros atención inadecuada, demostramos amor y respeto por los líderes de la Iglesia y por los miembros del barrio o la rama. Cuando nuestro lenguaje, ropa y conducta no son provocativos ni indebidamente informales, manifestamos amor y respeto por amigos y compañeros. Y con una vestimenta y una conducta humildes, expresamos amor y respeto hacia el Señor. “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35).

Debemos ponernos “toda la armadura”

Si sabemos quiénes somos —hijos de Dios— y comprendemos que nuestro aspecto exterior influye en nuestra espiritualidad y termina por afectar nuestra conducta, demostraremos respeto hacia Dios, hacia nosotros mismos y hacia los que nos rodean, siendo modestos en la vestimenta y en el comportamiento.
Cuando yo era niño, mi padre, que era pintor, me ayudó a entender ese concepto dibujando un caballero con armadura y poniendo el nombre de los elementos esenciales de “toda la armadura de Dios” que se describen en las Escrituras (véase Efesios 6:11–17; D. y C. 27:15–18). Esa lámina estuvo colgada en mi cuarto y se convirtió en un recordatorio constante de lo que debemos hacer para permanecer verídicos y fieles a los principios del Evangelio. De la misma manera en que debemos vestirnos con toda la armadura de Dios, debemos vestirnos con nuestra ropa como una protección para nosotros y para los demás. El vestirnos con ropa y cualidades modestas —misericordia, benignidad, humildad, paciencia y caridad— invitará al Espíritu a ser nuestro compañero e influirá positivamente en todos los que nos rodeen (véase Colosenses 3:12, 14).


¿Estamos empeñados en ser santos en el reino de Dios o nos sentimos más cómodos con las costumbres del mundo? Al final, la forma en que nos vistamos influirá mucho en nuestra obediencia a los mandamientos y en nuestra devoción a los convenios. El hecho de vestirnos modestamente guiará nuestra actitud y comportamiento en la vida cotidiana. Con el tiempo, nuestra vestimenta puede incluso determinar los amigos y compañeros que tengamos, decidiendo así si vamos o no a ser dignos de disfrutar de las bendiciones de felicidad en este mundo y en la eternidad.
Mi ferviente ruego es que nos aferremos a nuestros convenios y que seamos modestos en la forma de vestir y en el comportamiento al asistir a la iglesia, al ir al templo o al conducirnos en la vida diaria. Al hacerlo, demostraremos respeto hacia nosotros mismos, hacia nuestros padres, hacia nuestros líderes de la Iglesia y hacia los demás, y manifestaremos reverencia hacia nuestro Padre Celestial e invitaremos al Espíritu a estar siempre con nosotros.

                     

Un recordatorio diario 

En mi armario tengo una fotografía del Salvador y una del Templo de Londres, Inglaterra. Al abrirlo para sacar mi ropa, me hace recordar siempre que debo mantenerme limpia y ser modesta para que algún día pueda ir al templo y adorar allí a Dios.
Carolyn Bailey, Inglaterra

El “yelmo de la salvación” protege nuestro razonamiento, intelecto y pensamientos. La “coraza de justicia” nos ayuda a tener siempre al Espíritu con nosotros, protegiéndonos el corazón y el alma. El tener “ceñidos” los “lomos con la verdad” nos da el fundamento sobre el cual edificar la fe y desarrollar el testimonio. La “espada del Espíritu” es la palabra de Dios que atraviesa las tinieblas del mal para que podamos tener la luz y la verdad que nos guíen en el camino de la vida. El “escudo de la fe” nos ayuda a protegernos de los dardos de fuego del adversario. El tener “calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz” al leer y estudiar las Escrituras, contribuye a que seamos obedientes a las leyes, las ordenanzas, los mandamientos y los convenios de Dios. 
Robert D. Hales

El Señor desea que nosotros seamos hechos a Su imagen, no a la imagen del mundo, y que recibamos Su semblante en nuestro rostro. Vístete para el éxito. Vístete de manera apropiada. No tropieces con una mala decisión. Guardarás el día de reposo para santificarlo” (Deuteronomio 5:12).

Gracias a la expiación de Jesucristo, todos podemos presentarnos ante el Señor sin mancha, puros y blancos

Venimos a este mundo en muchos colores, formas y circunstancias. Para ser salvos en el reino de Dios, no tenemos que ser ricos, altos, delgados, muy inteligentes ni hermosos; sólo tenemos que ser puros. Debemos ser obedientes al Señor Jesucristo y guardar Sus mandamientos. Y eso es algo que todos podemos hacer, sea cual sea nuestro lugar de residencia o nuestro aspecto.Después, pregunta en qué situación estamos al atravesar los lodazales de la vida: “¿Habéis caminado, conservándoos irreprensibles delante de Dios? Si os tocase morir en este momento, ¿podríais decir… que vuestros vestidos han sido lavados y blanqueados mediante la sangre de Cristo…?” (Alma 5:27).        
En 1 Samuel leemos esto: “…No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque… el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (16:7